Formando la vida emocional de nuestros hijos

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Como madre que trabaja con madres, veo que una de las circunstancias que más nos preocupa es el manejo de las emociones en nuestros hijos. Nos pone de nervios el que el niño llore, grite, de pataletas, sea rudo con otros niños, en fin, que no sea un niño feliz.

Todos queremos hijos llenos de sonrisas, de calma, de comprensión, de empatía, y siempre pensamos en que nosotros no viviremos momentos de tensión con ellos, que si el niño nos llora o nos hace una rabieta, sabremos de inmediato que hacer y que se pasará rápido porque nuestros hijos son muy buenos. Pero ellos no lloran, gritan o patalean por ser malos. Simplemente están experimentando emociones y necesidades que requieren ser cubiertas.

Queremos a toda costa evitar las emociones a flor de piel y todo lo que podemos hacer cuando suceden es sentir vergüenza, coraje y ganas de llorar, al mismo tiempo que reaccionamos de forma agresiva llevando a jalones a los pequeños a cualquier lugar que nos excluya de la mirada pública.

El cómo reaccionamos ante los malos momentos de nuestros hijos es un impulso automático y esto no es más que aplicar lo que fue aplicado a nosotros cuando fuimos niños. Pero la realidad es que las necesidades de educación emocional de nuestros hijos difieren mucho de las necesidades de educación en las emociones que nosotros tuvimos o que necesitamos y que no tuvimos.

Mas sin embargo venimos educando desde esa premisa, lo que le funcionó a mamá, a la abuela…educando desde lo conocido, lo cómodo, lo habitual. Sin darnos cuenta que nada de eso funciona con nuestros hijos, cerrando el día en interminables quejas de cansancio con nuestros maridos, de cómo nuestros hijos no nos hacen caso y nos dejan sin una gota de energía, cansadas y rendidas, queriendo correr hacia donde sea, excepto hacia lo que parece una interminable formación en nuestros niños.

Educando en el amor, la empatía y la tolerancia.

Lo que nos corresponde como padres es el informarnos a cerca de cada una de las etapas de desarrollo de nuestros pequeños, para siempre ir un paso adelante en conocimiento y sano manejo de cada circunstancia, educando desde el amor y no desde la desesperación y los impulsos automáticos, esto claro aplicado a cada pequeño de forma individual, pues aunque la etapa de desarrollo sea la misma para todos, no estamos hablando del mismo temperamento, ni de las mismas circunstancias de crianza.

Sin embargo, informarnos y actuar, es más sencillo de lo que creemos: si queremos hijos amorosos, debemos ser padres amorosos. Un niño que recibe gritos por haber tirado la leche en la mesa, es un niño que más tarde gritará a su compañerito o a su hermanito cuando este cometa un error.

tengamos en cuenta que nuestros hijos son los mejores imitadores de nuestro comportamiento como adultos. En ellos estamos plantando las semillas que definirán su manera de ser y ver la vida, con cada una de nuestras reacciones y comportamientos hacia ellos y hacia el mundo.

Todos los seres humanos tenemos impulsos. Maternar no es tarea sencilla desde ningún punto. Repetimos patrones con gran facilidad, siguiendo nuestro impulso automático, ese que nos lleva con firmeza y gran direccionalidad a realizar lo mismo que fue realizado hacia nosotros. Pero como lo comente hace poco tiempo en un club de crianza, pese a todo esto, hay opciones. Si tu quieres, puedes ofrecer algo mejor que lo tuviste para ti. Si tu quieres, puedes ser mejor madre y mejor padre para tus hijos. El estar presente lo más posible durante el día a día es de gran ayuda, no me refiero solamente a presencia física, puedes estar ahí y no estar en lo absoluto. Me refiero a presencia emocional, a estar consciente de tus acciones, de tus palabras, de tus reacciones; conectada con tu bebé en cuerpo y alma.

Todo lo que haces tiene un gran impacto en la vida de tus hijos, para bien o para mal. Ya sea generando en ellos la confianza necesaria para salir adelante y superar las dificultades de la vida desde una actitud positiva, o generando en ellos la inseguridad, falta de autoestima y poca o nula capacidad para superar sus problemas en la vida. ¿Tú qué tipo de hijos quieres formar?

Apuesto a que tu respuesta será hijos felices, íntegros, seguros de sí mismos, llenos de confianza, de valores, de fuerza de voluntad. Bueno, pues en tus manos está. En tus acciones, en tu cariño, en tu capacidad de escucha, en tu paciencia, en tu capacidad de dar. En todo eso, esta formándose tu pequeño ser. Cuando te detienes en medio de una necesidad imperante de explotar, cuando logras superar esos momentos de furia que quieren corregir al niño con gritos o incluso golpes, por lo que haya hecho ( o debo decir, por lo que haya despertado en ti) …Cuando en lugar de gritar brindas unas palabras de empatía, un abrazo, un profundo respirar…estas enseñando a tus hijos a amarse a sí mismos, pues los estas tratando con amor y dignidad.

Al estar practicando la tolerancia, el respeto y el cuidado de la integridad del niño, al mismo tiempo estamos ensenándolo a tratarse con tolerancia, respeto e integridad. Y un ser humano que tiene respeto y amor por sí mismo, es un ser humano que tendrá respeto y amor por el mundo.

Al ser flexibles ante los errores y equivocaciones necesarias y básicas en la infancia -y en todo ser humano-, estamos enseñándoles a ser flexibles ante la vida, aprendiendo que equivocarse es en realidad una oportunidad para aprender, trabajando con esto en su capacidad de adaptación ante la vida.

La empatía es sin duda una gran fuente de amor en la vida.

Al practicar la empatía, estamos practicando el amor y la aceptación. Nos permitimos ver a través de los ojos de nuestros hijos, con la real capacidad de su edad (no la que nosotros quisiéramos) y les permitimos a ellos vivir y sentir la apertura de sus propios sentimientos.

Al dejar a tu hijo gritar, patalear, llorar, sentir todo lo que quiere sentir, teniendo a mamá de cerca no para juzgarlo, sino para abrazarlo y darle consuelo y nombre a lo que está sintiendo, SIN INTENTAR CAMBIARLO, le estamos enseñando a manejar sus emociones. Le estamos diciendo que puede expresarse libremente, haciéndole saber que su sentir es importante para nosotros, que aunque no podamos cambiar la situación que lo hizo explotar, si podemos juntos trabajar en la situación que le regresará la calma y la alegría. Lo principal es estar ahí, haciéndoles sentir que no importa lo que necesiten expresar, el amor de mamá y papá no cambiará. Si queremos niños inteligentes emocionalmente, es indispensable dejarlos sentir sus emociones, sin intervenir con nuestras limitantes amenazas o chantajes para que se calmen, pero si con nuestra empatía y amor.

¿Cómo lograrlo?              

Un ejemplo claro puede ser nuevamente el vaso de leche que se cae en la mesa. En lugar de correr a limpiar mientras le gritamos al niño que eso estuvo muy mal, que es un tonto, que todo siempre se le cae, etc. (La voz de nuestro impulso automático) puedes detenerte 1 minuto a respirar profundo, poner tus manos en tu corazón y darte cuenta si lo que vas a decir es algo que a tu hijo le va a servir en realidad. Acto seguido, te diriges a la mesa, le preguntas a tu hijo que fue lo que paso, en los más pequeños hay que explicar lo que pasó…oh oh la leche tuvo un accidente y se derramo toda en la mesa… ¿estás bien? ¿te mojaste? “si” ok mi amor, vamos a ver…¿Qué necesitamos para limpiar esto? entonces el pequeño de inmediato buscará una solución. Lo estas dejando participar sin infundirle ningún temor por lo que paso, pero permitiéndole ser parte de la solución. Y eso, aplicado en cada situación de vida tantas veces como puedas, es sin duda educación emocional.

Ten siempre presente que nuestras palabras poco a poco se irán convirtiendo en su voz interior. Escúchate tanto como puedas durante el día, y date cuenta de lo que dices de ti misma, de tus hijos y lo que dices a tus hijos. ¿Tus palabras nutren o lastiman? En ti, en tus reacciones, en tus palabras y en tus cuidados se encuentra la base de su confianza y autoestima para toda su vida. Recuerda siempre que en la medida en que demos amor, recibiremos amor, no existe intercambio más claro y sencillo.

Cuando permitimos que esta apertura se viva en casa y en la vida de nuestros hijos, tendremos frente a nosotros a pequeños que saben que pueden lidiar con sus inconformidades, que saben que serán escuchados, guiados y aceptados. Que saben vivir con sus emociones, aceptándolas en ellos y en otros, al mismo tiempo que crecen, maduran y se fortalecen con cada nueva situación, convirtiéndose en niños empáticos, seguros y comprensivos, que se sienten y se saben entendidos, amados y respetados…Niños que dan lo mejor de sí mismos, porque reciben lo mejor de nosotros mismos.

Finalmente, la felicidad es una actitud que surge de las emociones y los sentimientos. Si quieres hijos felices, enséñalos a vivir, sentir y aprender de sus emociones, siempre desde un enfoque positivo y propositivo, y cuando no lo logres, -pide perdón si es necesario- y vuélvelo a intentar miles de millones de veces más, el resultado que obtengas será la mejor recompensa a tu paciencia, dedicación y trabajo.

¡Manos a la obra Mamás!

Te invito a compartir.

 Abrazos grandes,

Brenda.

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