Seguirás latiendo en mi.

gaviota mariana

Hace unas semanas perdí al bebé que sería mi tercer hijo(a) en su semana 11 de gestación. Decidimos recordarle como a nuestros hijos les hubiera gustado, ellos deseaban una hermana y hubiesen querido nombrarla Mariana. Durante dos días sentí su despedida dentro de mi, estuve en reposo total siguiendo las indicaciones que me daban, pero en el fondo, le brindé lo único que sabía podía darle: todo mi amor de madre.

En lo que solté mi miedo a perderla, comenzó el camino del adiós. Durante una tarde en casa, acompañada de mi esposo y de mis hijos, pedía al universo una y otra vez con todo mi ser que su despedida fuera algo digno de ella. Con su partida, me brindó el regalo de un adiós lleno de respeto y amor, al permitirme parirla, recibirla y abrazarla en mi regazo, pude sentir una paz indescriptible e infinita, pues poder vivir un momento de tal magnitud de una manera digna, respetada y sin prisas, se convirtió en un proceso de sanación en sí mismo para mi y para mi esposo, que en todo momento estuvo ahí.

Creo que las semanas que han seguido a este momento, han sido mucho más difíciles que un postparto con bebé, porque para el mundo que te rodea es como si nada hubiera pasado, como si no hubiese existido….pero existió. Estuvo creciendo por el tiempo que haya decidido estar dentro de mi, y eso tiene un valor, es un hijo que ahora existe en un espacio distinto, pero siempre estará dentro de mi corazón.

Es mejor encender una luz que maldecir la oscuridad. (Proverbio árabe).

Al nombrarla, busco reconocer su existencia y su paso por este mundo. Al recordarla, no me estoy aferrando a lo que no podré tener, simplemente busco honrar su existencia, que aunque corta, fue significativa para mi vida y la de mi familia. Lo único que necesito es sentir que, no importa lo que pase, ella seguirá latiendo en mi.

No puedo escribir acerca de este momento de mi vida, sin agradecer al maravilloso hombre que me acompaña en este camino, al padre de mis tres hijos, al amor más grande que he podido sentir y vivir en este destino. Gracias mi muy amado esposo, por tu sensibilidad, por tu luz, por tu guía, por tu fortaleza, por tu apoyo hacia mis emociones y hacia el cuidado físico y emocional de nuestros hijos, gracias por comprender los momentos en que no me fue posible atender nada más que mi propio cuerpo para poder sanar. Gracias por brindarnos tu amor de manera tan incondicional.

Sanar el dolor de una pérdida gestacional es un camino que no tiene fecha de caducidad. Sencillamente es un camino único, como lo es la vida de cada hijo que se gesta y nace de nuestro vientre. Sin embargo, es importante escucharte, rodearte de personas que no te juzguen, que te permitan sentir y expresar tu duelo con comprensión y amor. Es importante darle a tu cuerpo tiempo para sanar y recuperarse, sí, sobre todo si ya tienes otros hijos que cuidar y atender, no podemos servir a nadie si no nos sentimos bien. Ten paciencia para ti, se amorosa y amable contigo misma y con cada uno de tus momentos difíciles y recaídas. Permítete llorar y vivir tu duelo cómo sientas que debes vivirlo, lo que te permites sentir y expresar también te ayuda a sanar.

Y si tienes a un ser querido transitando el camino de una perdida gestacional, acompáñale sin juicios. Respeta lo que siente y lo que desea comunicar, aunque no sean palabras. Habla menos, escucha y acompaña más. Permítele vivir su duelo, nombrar y honrar su recuerdo, pero sobre todo ámale con todo tu ser. El amor es la razón más grande que existe para seguir adelante aún en medio del dolor, que es real, como el hijo que estuvo en su vientre o en su corazón.

Por último, quiero dedicar estas líneas con todo mi amor para todas las madres con bebés en el cielo, quiero que sepan que hay una parte de mí que siempre las podrá sentir. Nos sentimos unas a otras en este camino de maternidad que pocas personas pueden percibir y nombrar, pero que existe, que duele y que nos acompañará a donde quiera que nuestra alma viaje para recordar.

Con inmenso amor para Mariana, nuestra luz con alas en el cielo.

Brenda.

“Todos los hijos traen una lección para enseñar a sus padres, también los «chiquititos», los que se van antes incluso de reflejar la imagen de un bebé humano. Los que no disfrutan siquiera del derecho de ser llamados «hijos», porque a nadie se le ocurre reivindicar para estos pequeños el que puedan ser incluidos en el Libro de Familia o en algún documento legal en el que consten como tales. Son los «sin nombre», «las voces olvidadas». No pueden hablar en la historia familiar porque nadie les dio derecho a tener voz. Y sin embargo forman parte de la historia de su familia como cualquier otro miembro. Una de las leyes de la comunicación es precisamente que «no se puede no comunicar» y estos pequeños con su no presencia, hablan desde lo más hondo y cuentan su historia, corta, es verdad, pero plena y llena de amor como el que más.”

Libro: Las voces olvidadas / Editorial OB STARE.

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